Me atrevo a decir que no le enseñaron a crecer, pues no hay otra forma de explicar que conserve actitudes de un niño de cinco años. Y no en buen modo. Es fácil decir por qué conviene conservar las cualidades de la infancia, lo cual comparto, pero también hay que decir algo más difícil, y es que algunas cosas sí deben dejarse atrás para poder caminar con un cuerpo más grande y un alma más vieja. Las pataletas, por ejemplo, son algo de lo que conviene desprenderse; también de correr y esconderse tras las piernas o faldas de los padres. Él no consiguió abandonar esos comportamientos. Ahora sus pataletas se muestran en comentarios hirientes, expuestos con manoteo innecesario. Y corre y se esconde tras un computador o aprovecha que hay más gente para decir lo que tiene por decir. En cambio, sí se deshizo de la capacidad de superar ágilmente los problemas, de exteriorizar odios y superarlos, de decir las cosas de frente.
Llovía a cántaros. Todos caminábamos tan rápido como era posible para evitar mojarnos más de lo necesario. No era invierno, por lo que el aguacero nos tomó por sorpresa a muchos. A mí no tanto porque incluso en invierno no llevo paraguas.
Yo iba tras una señora de unos sesenta años, quien le preguntó a una señorita que pasó a nuestro lado, en dirección contraria, si no llevaba paraguas. Yo sonreí por la pregunta tan absurda: era obvio que no. Antes de que la señorita respondiera, la señora le dijo que tome el suyo para proteger al niño de seis o siete años que iba con ella. Cambié mi tonta sonrisa por unos pómulos sonrojados de alegría.
Nace en el vaho tibio en la ventana,
en el rubor rasgado del cerillo,
en la crepitación de la mañana
que vuela azul y abrasa en amarillo.
Madura en estaciones desoladas,
en la recolección de nuestros muertos,
en la promesa de otras alboradas,
en los abrazos en los aeropuertos.
Rendido a la rutina y sus vaivenes,
envejece buscando su destino
a la velocidad con que los trenes
recorren su trayecto vespertino.
Un soplo tibio en el más frío enero,
el amor muere eterno pasajero.
Subir a un bus es irse. Irse sentado. Qué bonito irse sin mover las piernas cuando estás en una ciudad contaminada bajo un sol implacable y picante como ninguno. Y es que no soy amante de caminar, pero a veces lo disfruto. Me gusta cuando se hace sin la intención de ir a ningún lado. Caminar por caminar es más divertido. Pensar en irse sin mover las piernas es bonito hasta que casi están muertas por los reducidos espacios entre banca y banca.
Ya sentado puedes imaginar la historia de cualquier pasajero. O escucharla directamente de ellos porque qué fuerte hablan. Por la ventana puedes mirar algún árbol, un pájaro, o con más frecuencia edificios viejos (y no en el buen sentido) y sucios, carros por montones, gente alborotada. Dice Cioran que las ventanas alejan de la vida más que el muro de una cárcel y qué fortuna.
El cielo se nubla y las primeras gotas en el vidrio son un respiro. Para evitar mojarse se cierran todas las ventanas. Suben tantas y tantas personas que ya para qué infierno después de la muerte.
Cuando las cosas no van demasiado bien, aunque no haya motivo para que así sea, muchos prefieren respirar. Cuando digo que no haya motivo, quiero decir que no pasa nada realmente malo; pasa, simplemente, que uno no se siente bien. Estrés, cansancio, calor: tonterías.
Hoy recibí una presentación en power point que me invitaba a eso, a respirar. La envió una persona del trabajo que por casualidad escuchó cuando comenté que el día era la causa de mi cansancio. Los viernes uno ya tiene mucha semana encima.
La presentación tenía unas fotos muy bonitas y una breve instrucción escrita por diapositiva. No superaba una línea. Eran del estilo: “respira profundo”, “sostén el aire”, “exhala”, y cosas así. Vi las fotografías con mucho agrado, pero no hice el ejercicio. Ella (quien me envió la presentación) me invitó a que lo hiciera, me indicó que ese era el objetivo. No lo hice.
Después de unos minutos entendí que no soy del grupo que prefiere respirar profundo cuando las cosas no van bien. Me pareció que lo que me hacía falta era leer algo corto y bonito. Lo hice y funcionó.
Ahora que lo escribo creo que tal vez sí hago parte del grupo. Y ya no encuentro diferencias entre escribir y respirar.
Hay días que no sucede mucho. O que pasan muchas cosas, pero ninguna significativa. O que uno es más ciego de lo normal. En estos días no hay algo que amerite ser contado. No queda sino esperar a mañana con los ojos bien abiertos.
Pero no es malo que no pase nada cuando el día es tranquilo y se puede respirar. Podría contar cómo se respira con tranquilidad, pero eso se hace mejor en silencio. No hay qué contar, pero se puede hablar del día que quiere desaparecer, que habría querido no existir; pasa sutilmente, en puntitas, como un susurro. Reclama no ser visto ni escuchado. Lo mejor es pensar en el humo de un cigarrillo sin encender y despedirlo con estas pocas líneas.
Para mí no es tan fácil saber a qué le tengo miedo. Hablo de los miedos triviales como las alturas, la velocidad, la oscuridad, los ratones, los insectos y esas cosas; no de los miedos de verdad como el que produce estar mucho tiempo en un mismo sitio haciendo las mismas cosas. Esos son grandísimos y -creo- fáciles de reconocer. Aunque ocurre que aparecen nuevos de repente.
Sobre los triviales he pensado mucho y ahora por fin sé que hay una cosa, por sobre todas (o muchas), que me petrifican: los números y letras que cambian de tamaño. Normalmente primero son muy grandes, enormes, inmanejables. Y luego casi desaparecen. Lo hacen repetidamente y me persiguen. Yo, siempre, tan pequeño, corro o me cubro la cabeza con los brazos. Es un sueño recurrente, pero pensarlo me produce escalofríos.
Es bueno conocer los miedos para poder superarlos. O para aprender a correr más fuerte.
No me gusta que la gente dé porcentajes de avance. Me parece que no se puede prevér cuándo se terminará algo a menos que se haya repetido muchas veces y ya sea cosa de rutina. Creo que es una forma de tranquilizar a quien lo solicita, pero en buena medida es mentira. Y es que un solo párrafo puede representar el mayor porcentaje de un libro de mil páginas. Las cosas bonitas, creo, están listas o no, pero dar un porcentaje de lo que falta o lo que se lleva hasta el momento es apresurado. Me entristece que las personas que hacen cosas bonitas se acostumbren a dar porcentajes de avance.
Quién sabe qué clase de tristeza es esta. No es de las soledades que quieres ahogar con alcohol. Tampoco de aquellas que son producto de las malas noticias en los noticieros. O de esas que se podrían solucionar estando cerca de alguna persona. Ni de aquellas de añoranza por un sitio o un momento pasado. Es sólo que no te sientes parte de nada. Ni siquiera sabes qué canción escuchar. Es una tristeza nueva, renovada; ya no necesita motivos.