La noche no me dejó dormir. Tan pulcra, una de esas en que la promesa de silencio es real y puedes escuchar cada parpadeo. Y claro, me acompañaban miles de ideas que iban y venían. Una regresaba cada vez con más fuerza: lo absurdo que resulta continuar creyendo en la humanidad. Tenía la intención de perder cualquier esperanza. Caí dormido.
En la mañana olvidé todo, era un hombre nuevo y me sentía feliz. Todo era cuestión de tiempo, por supuesto; nadie puede ser feliz un día completo. Pasaron unas horas y ¡bam!, una bomba. Sí, de las reales, de esas que utilizan los terroristas para que el mundo conozca su opinión, su descontento. Quién sabe, seguro es que no tienen voz ni manos para comunicar, por eso usan la destrucción. Es triste que todavía haya personajes creyendo que tienen mejores argumentos quienes más ruido hacen, quienes más gritan. Me enteré por las noticias, yo estaba muy lejos de sitio.
Sólo ahora que lo veo desde aquí, después de tener que tragarme esas verdades que parten el alma, entiendo lo ridículo que debí haberme visto siendo feliz en la mañana.
Hoy supe que no sé abrazar. Sucedió en un carro lleno de gente. Entramos uno a uno, en el orden en que casualmente nos acercamos al automóvil y justo ella quedó a mi lado, sentada en el borde del asiento y yo recostado sobre el espaldar. Hablábamos entre todos mientras ella me daba la espalda. Sentí unas ganas inmensas de abrazarla. No estoy enamorado de ella y creo que nunca lo estaré, pero lo reconozco: me gusta. Y estaba bellísima.
A los pocos minutos nos detuvimos y, nuevamente por casualidad, ella y yo intercambiamos posiciones. En serio, nada fue premeditado. El cambio de posiciones es una variación, pero no es nada, la diferencia real es que ella sí fue capaz de recostarse sobre mi espalda y casi abrazarme. No sé si la motivó lo mismo que yo sentí antes, pero quiero creer que sí y además convencerme que ella sí sabe abrazar.
En cuanto pude escribí los dos siguientes párrafos porque lo importante aquí no es que soy un cobarde, sino que abrazar es una cosa muy particular:
Un momento preciso basta para entender que no eres lo suficientemente valiente para abrazar. Abrazas a todo el mundo, a todos quienes están cerca y conoces de memoria. A todos aquellos que te quieren. Pero en realidad no abrazas, estrechas. Se reconoce porque no sientes esa necesidad absurda de juntar los cuerpos, de apropiarte del olor de la otra persona.
En general sólo sabes estrechar y lo entiendes en ese momento en que eres un cobarde incapaz de lanzarte, de tomar entre los brazos a alguien sin más motivo que las ganas, de abrazar de verdad. Se requiere ser valiente para abrazar, por eso estrechas.
En estos días me quedé con algunas cosas que quiero decir. Creo que las colecciono, no por gusto, sino porque me da pena casi todo y por miedo. Eso va a causarme una hernia. Mi salud no me preocupa, pero sí me está matando pensar que ahora que la encontré (sí, se trata de una chica), no sé qué hacer. O mejor, que me encontró, porque no es mérito mío. Yo busqué, pero creo que con los ojos cerrados.
Para resolver el asunto, se me ocurrió lo siguiente (y ahora me dirijo a usted): si quiere que le escriba, póngale un corazoncito a este post (entiéndase: guárdelo como favorito. Tal vez ya lo sabe, pero no quiero arriesgarme a que se presenten malos entendidos. Tanto me preocupa eso, que borré el primer párrafo de este escrito porque no hablaba directamente de usted y me asustó que se cansara de leer y no llegara al final). Si el corazón le parece demasiado, tendrá que tomar nuevamente la iniciativa y enviarme un mensaje de algún modo, aunque confieso que me preocupa que lo envíe y se pierda en el camino o que yo no sepa cómo leerlo; no confíe en mi instinto. Y ya, eso es todo. Vamos a ver si las botellas al mar son buenas mensajeras.